Buscar más información

Google
 

28 noviembre 2006

Ecuador: El fin de la noche neoliberal

Javier Diez Canseco (*)

Las elecciones del 26 de noviembre en el Ecuador son una nueva expresión de la corriente de cambio que recorre América Latina. Contra la fuerza del poder económico -y su control sobre los principales medios de comunicación televisiva, radial y escrita- y contra la manipulación de supuestas encuestas de opinión pública, que dieron por semanas al derechista Noboa como favorito, el pueblo eligió –con cerca al 57% de los votos- a Rafael Correa Delgado como presidente de la República, y a Lenin Moreno -un hombre amazónico y con discapacidad- como vicepresidente, encarnando a los sectores tradicionalmente marginados en las más altas responsabilidades políticas del país. Ello afirma un profundo cambio de rumbo.
El triunfo de Alianza País, con el apoyo de vastos movimientos sociales y fuerzas políticas comprometidas con un nuevo rumbo, abre una etapa de cambio y esperanza, pero también difícil y compleja. Correa y Moreno han de construir una amplia fuerza popular. Se plantean una profunda reforma del Estado ecuatoriano que -como ocurrió en Venezuela y en Bolivia- pasa por una Asamblea Constituyente que ha de democratizar la gestión del Estado, reconocer su carácter pluriétnico, generar mecanismos participativos y de control social popular, y reorientar el manejo de economía para ponerla al servicio de la gente y recuperar el beneficio de la explotación de los recursos naturales en función del desarrollo nacional.
Es un giro político trascendente, de una América Latina que lucha por su autonomía y su soberanía, frente a quienes la pretenden un simple patio trasero del imperio norteño.
Correa y Moreno defienden la recuperación plena de la soberanía nacional del Ecuador oponiéndose a la militarización del país y al Plan Colombia, y demandando el retiro de la presencia norteamericana en la Base Militar de Manta. Un tema de indudable importancia geopolítica. Se oponen a un TLC con los EEUU que implique -como el mal negociado por el Perú y Colombia- la subordinación del agro y la economía ecuatoriana a los intereses norteamericanos y la cesión de soberanía, planteándose potenciar el mercado interno y priorizar la unidad del subcontinente, así como fortalecer la OPEP.
Reorientarán el uso de las ganancias petroleras del Ecuador para promover un economía de desarrollo sostenible, que priorice el agro (con crédito, apoyo tecnológico y promoción de la agricultura comunal y los pequeños propietarios) y de las cadenas productivas e industriales ecuatorianas que dinamicen su mercado interno y generen una distribución más justa y equitativa del ingreso nacional, buscando terminar con la masiva emigración de ecuatorianos por la ausencia de oportunidades.
Correa, al conocer los resultados, agradeció el apoyo popular frente al poder del dinero y del imperio, y anunció el "fin de la noche neoliberal" para construir una patria "soberana y con justicia".
Un nuevo cambio en los países andinos, paralelo al escándalo de la vinculación de numerosos parlamentarios colombianos -del entorno del conservador presidente Uribe- con los grupos criminales paramilitares en Colombia, que sólo reafirmará el aislamiento del gobierno de Alan García en el Perú al insistir en una política que ignora los cambios que los pueblos reclaman y que él mismo comprometió y ahora incumple para subordinarse a los grandes grupos de poder económico -como las mineras- dejando de lado el derecho pueblo a un efectivo desarrollo con justicia y equidad. La reciente derrota del APRA y los partidos tradicionales en las elecciones regionales y municipales, y el surgimiento de gobiernos regionales con un claro potencial progresista y un firme compromiso social, reafirman que el Perú profundo mantiene su demanda de cambio y anhela sumarse a los procesos que están abriendo otros pueblos de América del Sur, construyendo la esperanza de una nueva y definitiva etapa de soberanía, progreso y equidad, como la soñaran nuestros libertadores.


(*) Publicado el 28 noviembre 2006 en http://www.cnr.org.pe/pluma.php?dia=2

23 noviembre 2006

El olor de la pobreza



Mario Vargas Llosa

No me resisto a citar esta estadística del informe: "Cuando un europeo utiliza la cisterna de un inodoro o un estadounidense se ducha, consumen más agua que la que tienen cientos de millones de personas que viven en los barrios urbanos pobres o las áreas urbanas de los países en desarrollo"

Hace tres años, en un viaje por tierra de Lima a Ayacucho, paramos en medio de una pampa, en lo alto de la Cordillera, en una aldea donde había un pequeño puesto de policía. Le pedí al oficial que me permitiera usar su baño. "Desde luego, doctor", me dijo, muy amable. "¿Quiere usted miccionar o defecar?". Le repuse que lo primero. Su curiosidad era académica porque el "baño" del puesto era un corralón a la intemperie donde micciones y defecaciones se confundían entre nubes de moscas y una pestilencia de vértigo.

Este recuerdo me ha acompañado sin tregua mientras, tapándome a ratos las narices, hojeaba las 422 páginas de un reciente informe publicado por las Naciones Unidas titulado "Más allá de la escasez: poder, pobreza y la crisis mundial del agua". El prudente título y la fría y neutral prosa burocrática en que está redactado no impide que este extraordinario estudio, inspirado sin duda en la sabia concepción de la economía y el progreso de Amartya Sen --un economista que no cree que el progreso consista en estadísticas--, estremezca al lector enfrentándolo con tanto rigor como crudeza con la realidad de la pobreza y sus horrores en el mundo en que vivimos. La investigación que han llevado a cabo Kevin Watkins y su equipo debería ser de consulta obligatoria para todos quienes quieren saber lo que son el subdesarrollo económico y la marginación social en términos prácticos y los abismos que separan a estas sociedades de las que han alcanzado ya medios y altos niveles de vida.

De esta lectura, la primera conclusión a la que llego es que el objeto emblemático de la civilización y el progreso no son el libro, el teléfono, Internet ni la bomba atómica, sino el excusado. Dónde vacían su vejiga y sus intestinos los seres humanos es el factor determinante para saber si están todavía en la barbarie del subdesarrollo o han comenzado a progresar. Las consecuencias que tiene en la vida de las personas este hecho simple y trascendental son vertiginosas. La tercera parte de la población del planeta --unos dos mil seiscientos millones de personas--, cuando menos, no sabe lo que es un excusado, una letrina, un pozo séptico, y hace sus necesidades, como los animales, al pie de los árboles, junto a arroyos y manantiales, o en bolsas y latas que arroja en medio de la calle. Y unos mil millones utilizan para beber, cocinar, lavar la ropa y su higiene personal, aguas contaminadas por heces humanas y animales. A ello se debe que por lo menos dos millones de niños mueran cada año de diarrea y que enfermedades infecciosas, como cólera, tifoidea y parasitosis, causadas por lo que el informe llama eufemísticamente "carecer de acceso al saneamiento", devasten enormes sectores de África, Asia y América Latina y sean la segunda causa de la mortalidad infantil en el mundo.

En un importante barrio de Nairobi, Kenya, llamado Kibera está generalizado el sistema de los llamados "inodoros volantes", bolsas de plástico que la gente utiliza para hacer sus necesidades y que luego arroja por los aires a la calle (de ahí el apodo). Esta práctica motiva que el nivel de enfermedades infecciosas en el barrio sea altísimo. Aquellas golpean sobre todo a los niños y a las mujeres. ¿Por qué a estas? Porque como son ellas las que se ocupan sobre todo de la limpieza hogareña y del acarreo del agua están más expuestas que los hombres al contagio.

En Dharavi, un sector populoso de la ciudad de Mumbai, en la India, hay un solo wáter por cada 1.440 personas, y en la estación de las lluvias el agua que inunda las calles convierte a estas en ríos de excrementos. La abundancia del líquido elemento es, en este caso como en el de muchas ciudades del tercer mundo, una tragedia, porque, dadas las condiciones de existencia, el agua, en lugar de ser la vida, es muchas veces el instrumento de la enfermedad y la muerte.

Y, sin embargo, paradójicamente, el problema del agua, inseparable del saneamiento, es acaso el principal que mantiene a los hombres y mujeres prisioneros del subdesarrollo. Los datos del informe son concluyentes. Cuando tienen agua, se trata por lo general de aguas servidas, que acarrean toda clase de bacterias y males que los enferman y matan, pero, en la mayoría de los casos, la pobreza condena a los pobres a una sequía que es todavía más catastrófica para su salud y sus posibilidades de mejorar sus condiciones de vida. Una de las demostraciones más chocantes de la investigación es que los pobres pagan mucho más cara el agua que los ricos, precisamente porque los pueblos y barrios donde viven carecen de instalaciones de agua y desagüe y tienen que comprarla a aguateros o servicios comerciales pagando precios exorbitantes. Así, por ejemplo, los habitantes de los barrios pobres de Yakarta (Indonesia), Manila (Filipinas) y Nairobi (Kenya) "pagan entre 5 y 10 veces más por unidad de agua que aquellos de las áreas de ingresos altos de sus propias ciudades y más de lo que pagan los consumidores de Londres o Nueva York". Ese precio desigual del agua hace que el veinte por ciento de los hogares más pobres de El Salvador, Jamaica y Nicaragua invierta la quinta parte de sus ingresos en agua. En tanto que en el Reino Unido el gasto promedio por agua de los ciudadanos es apenas el 3% del ingreso.

No me resisto a citar esta estadística del informe: "Cuando un europeo utiliza la cisterna de un inodoro o un estadounidense se ducha, consumen más agua que la que tienen cientos de millones de personas que viven en los barrios urbanos pobres o las áreas urbanas de los países en desarrollo". Y otra es que con el agua que se ahorraría si los "civilizados" cerráramos los caños del lavador mientras nos cepillamos los dientes un continente entero de "bárbaros" podría bañarse.

A primera vista, se diría que no hay mucha relación posible entre la falta de agua y la educación de las niñas. Y, sin embargo, la hay y muy estrecha. El informe calcula que se pierden 443 millones de días escolares al año a causa de enfermedades relacionadas con el agua y que millones de niñas faltan a la escuela y reciben una educación deficiente o nula, y en todo caso inferior a la de los varones, porque diariamente deben ir a buscar agua a acequias, ríos y pozos que están a menudo a varias horas de camino de sus hogares.

En "Los Miserables", Víctor Hugo escribió que "Las cloacas son la conciencia de la ciudad", y, en una de esas interpolaciones del narrador que recorren la novela, mientras Jean Valjean pataleaba entre la mierda con el desmayado Marius a cuestas, intentó una curiosa interpretación de la historia a partir del excremento humano. Algo así hace este formidable estudio, sin la poesía y la elocuencia del gran romántico francés, pero con mucho mejor conocimiento científico. Proponiéndose nada más que describir las circunstancias y reverberaciones de un problema concreto que afecta a la tercera parte de la humanidad, este informe radiografía con dramática precisión el extraordinario privilegio de que gozamos las dos terceras partes restantes, cada vez que, casi sin darnos cuenta de ello, abrimos la canilla de un lavador para lavarnos las manos o la regadera de la ducha para recibir esa lluvia de agua fresca que nos limpia y rejuvenece, o cuando, aguijoneados por un retortijón, nos encerramos en la intimidad de un excusado, aligeramos las entrañas y, solazados, limpiamos con un pedazo de papel higiénico todos los rastros de aquella ceremonia, jalamos una cadena y sentimos, en el torbellino del surtidor, que nuestras suciedades recónditas desaparecen en las entrañas de los desagües, lejos, lejos de nuestras vidas y olfatos, para bien de nuestra salud y buen gusto.

Qué infinitamente distinta a la nuestra es la experiencia de esos miles de millones de seres humanos que nacen, viven y mueren literalmente asfixiados por su propia inmundicia, a la que no consiguen arrancar de sus vidas, pues, visible o invisible, la mugre fecal que expulsan regresa a ellos como una maldición divina, en la comida que comen, el agua en que se lavan y hasta en el aire que respiran, enfermándolos y manteniéndolos en la mera subsistencia, sin posibilidades de salir del confinamiento en que malviven.

Uno de los aspectos más sombríos de este asunto es que, en gran parte debido al asco y la repelencia que todo lo relacionado con la mierda despierta en los seres humanos, los gobiernos y los organismos internacionales que promueven el desarrollo no suelen darle la prioridad que debería tener; lo frecuente es que lo subestimen y dediquen presupuestos insignificantes a planes de saneamiento. Y la verdad es que vivir en la suciedad no solo enferma el cuerpo sino también el espíritu, la autoestima más elemental, el ánimo para rebelarse contra el infortunio y mantener viva la ilusión, motor de todo progreso. "Nacemos entre heces y orina", escribió San Agustín. Un estremecimiento como una viborilla de hielo en la espalda debería recorrernos al pensar que un tercio de nuestros contemporáneos nunca sale de la porquería en que vino a este valle de lágrimas.

NUEVA YORK, NOVIEMBRE DEL 2006
© MARIO VARGAS LLOSA, 2006.
© DIARIO "EL PAÍS", SL/ MARIO VARGAS LLOSA. PRISACOM.